Cuando me quise ir ya era demasiado tarde, ella no lo permitió.
Su llanto ataba mi alma sin cuerpo a las viejas paredes de esa
habitación donde morí aquél día cuando me exigió por última vez
la dejara tranquila.
Minutos después de clavar el cuchillo en mi piel inerte por enésima vez,
con la tibia humedad carmesí resbalando pegajosa entre sus dedos
todavía... comprendió que estaríamos juntos para siempre.
Desde ese día, mi voz es su peor condena, un susurro ahogado que grita
mas allá de la mente, recordatorio maldito
de que sigo y seguiré ahí

Me gusta como escribes
ResponderEliminarBuenísimo Chris 🖤
ResponderEliminarAh jijo!!! Wow mi Cris corto y contundente
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